Promesa De Fútbol

El ejemplo de Klaus

Fuente: fanpop.com

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Klaus Schön (47, Dresden) es un contable que dedica a su trabajo casi 10 horas del día. Su rostro es pálido, con mofletes enrojecidos, pelo negro, acompañado de unas prominentes canas en sus cortas patillas y una barba de tres días. Cuidadoso y coqueto con su aspecto físico: duerme 6 horas y corre durante, al menos una, en el pequeño parque de Beutler, al lado de la apartada (aunque al mismo céntrica) Reichenstraße. Se mantiene en forma, porque cree que “el ejercicio cura traumas y despeja la mente”.

Tiene sus rutinas: se levanta a las 5 de la mañana, sea verano o invierno, se va a correr y vuelve a casa para ducharse. En su rutina previa al trabajo, usa pantalones vaqueros, un polo y una chaqueta que su hijo Tom le regaló hace varias navidades. Se prepara su café solo, sin hacer demasiado ruido y pone rumbo a su trabajo. Se le dan bien los números y lleva al día la empresa de su cuñado: una tienda de deportes en las cercanías del Glückgas Stadion, sede del club amado por todos en la ciudad: el Dynamo Dresden. No es casualidad que Klaus aúne su trabajo con su otra gran pasión: el fútbol. Ese bendito deporte que tantos sinsabores y glorias les ha dado. El balompié le ayudó a superar la muerte de su mujer, Frida Liefer, hace quince años; vivieron mucho juntos. De hecho, su amor por Frida empezó como comienzan las grandes historias de amor: por casualidad. En septiembre de 1989, la República Democrática Alemana tocaba a su fin, cual melodía de la orquesta del Titanic antes de hundirse. Ambos, en edad universitaria, se conocieron en las “Montagsdemonstrationen” de aquél año que se dieron en varias –e importantes- ciudades sajonas. El cambio era inevitable, y la caída del socialismo en la Unión Soviética, comenzaba en la parte ocupada de un muro que dividía amores, desamores, vergüenzas, verdades y mentiras. Klaus tenía a primos que nunca vio, y a un hermano que huyó por Röstock para llegar a Hamburgo, diez años atrás. Mucho tiempo, quizás demasiado. Entre signos de libertad, también llegó la del corazón de Frida: juntos abogaban por la integración y la unión, por un futuro mejor. Una sonrisa que alivió su alma y alimentó sus ansias de ser alemán, sin fronteras de ningún tipo.

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Juntos fueron formando una familia y un hogar en una de las ciudades más importantes de Sajonia, la ciudad de él, pues ella era de Leipzig. Él estudiaba económicas y ella, magisterio. Lucharon contra tiempos difíciles, de adaptación. Se unieron en matrimonio y tuvieron a Anika y a Tom, casi sin respiro (1992 y 1994 respectivamente). Sin embargo, la pesadumbre tocaría sus vidas cuando Frida, de una malformación coronaria se fue con apenas 34 años. Klaus tuvo que luchar contra viento y marea, hacer de tripas corazón y superar su pérdida. Fue su excusa perfecta para ir al Rudolf-Harbig Stadion, integrarse entre los compañeros de grada y animar incondicionalmente al SGD. Colores amarillo y negro que acudían al rescate de un corazón abatido. Pese a no llenar su vacío del todo, Klaus, como buen hombre de rutinas que es, iba fielmente a ese vetusto estadio con sus hijos. El fútbol le ayudó a superar la pérdida del amor de su vida, no cabe duda. No obstante, la vida le había dado un respiro: Tom, está a punto de terminar la carrera de periodismo y Anika, la de informática. Este hecho le ayudó a entender que todo trabajo tiene su recompensa, en este caso, como padre soltero. No quedó sólo ahí, sus hijos heredaron algo más que sus virtudes físicas: mientras que Tom es testarudo, pero valiente y muy capaz, Anika, una chica inteligente, de alto coeficiente intelectual y una belleza digna de Claudia Schiffer. Cada fin de semana, desde que sus hijos apenas levantaban un palmo del suelo, van al estadio del Dynamo, casi esperando que, con su aliento y devoción por mejorar, los “schwarzgelben” vuelvan a ser lo grandes que eran con el muro. El tranvía que les lleva hasta la cercanía de LennéStraße es como una especie de analogía de sus vidas.

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Los tres son ajenos a la K-block, a la política y a sus tendencias. Vivieron tiempos difíciles que parecen superarse, casi como el devenir del tiempo en el Dynamo Dresde. El SGD es un club marcado por las etiquetas que su historia le ha otorgado. Dresde tenía al SC Dresdner, uno de los grandes equipos amateurs más grandes de Alemania a comienzos del siglo pasado; No obstante, la Segunda Guerra Mundial no sólo hizo dividir territorios gracias a la ocupación, sino que estableció una forma de pensar, hacer y ejecutar la vida desde un prisma muy alejado a los estereotipos occidentales: el SC Dresdener fue disuelto al ser considerado “demasiado burgués” para la implantación del estado socialista. La huida de muchos habitantes de Dresde –como otras ciudades del este- hacia el oeste antes de construirse el famoso muro de hormigón impenetrable, hizo que su equipo de fútbol también se reconstruyese, casi desde la nada, para ser uno de los campeones del pueblo socialista. Las autoridades vieron en el fútbol, una especie de propaganda política a nivel europeo para su aceptación como estado. La ausencia de un equipo representativo, abrieron las puertas al ente “dínamo” y, por extensión, al club de la Stasi o la “policía del pueblo”. No les costó mucho triunfar en una liga novel, de nivel amateur y cuyo control estatal decidía, casi por decreto, quién debía representar a la RDA en Europa. De ese hecho, surgió la rivalidad con el Dynamo Berlín, algo que los responsables gubernamentales decidieron explotar al máximo en distintas décadas. Muchas ligas y copas después, llegó el momento de su reunificación con la RFA. Sin ese sustento económico, en Dresden se las vieron y desearon para mantener a su equipo en las categorías profesionales del fútbol alemán. De esa etiqueta, esta afición; algunos tan leales como Klaus y sus primogénitos, otros con ideas más revolucionarias (o involucionistas) y cerca del nazismo, como muchos aficionados de la K-block.

La temporada pasada descendieron a la 3.Liga, tras muchos problemas económicos y deportivos pese al estadio de cinco estrellas que ostentan. Así pues, el SGD busca reconstruir su propia historia; una que cuente como tras caerse, toca levantarse. Como la Frauenkirche, la Altstadt o cualquier monumento afectado por su historia; como Klaus y sus hijos, como todo el pueblo de Dresden. Estar en el barro, no significa que uno se tenga que dar por rendido; al contrario, es un motivo mayor para seguir luchando. La fidelidad de sus hinchas es un motivo de orgullo; siendo así, el sacrificio, menos sacrificio para todos. Juntos remarán hasta el fin con el SGD; si por casualidad no saben de lo que les hablo, pregunten a Klaus.

Nota: este post lo puedes encontrar en la web de Underground Football

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Esta entrada fue publicada en 15/11/2014 por en Alemania y etiquetada con , , .
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